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Storytelling y posverdad

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¿Qué está pasando?

Nunca pensé que sonaría tan vieja siendo tan joven; supongo que nos pasa a todas cuando nos escuchamos hablar y, entre frase que te recuerda a tu madre y expresión de gente que peina canas (“a mí ahora me gusta aprovechar los domingos”), sueltas que las cosas antes no eran como ahora. Porque no lo son. Todo ha pasado en un abrir y cerrar de ojos.

La historia ocurrió más o menos así: en el 2007 aún existía lo que libremente llamaré tardo-periodismo, lo sé porque tuve la brillante idea de empezar la carrera ese mismo año, con libros de lectura obligatoria como La Revolución de los Blogs”. Los blogs, 14 años más tarde, ya nos parecen la piedra Rosetta. Pobres almas errantes. Todavía no sentíamos la brisa del tsunami que nos venía encima a la velocidad de un crucero plagado de anunciantes insatisfechos que veían que ya no se vendían tantos periódicos y a los que internet les empezaba a tentar enseñándoles un poco de hombro a lo Bardot. Para cuando me licencié, la información estaba más desesperada por encontrar una manera de reinventarse que Alaska y Mario. Y tenía el mismo aspecto rancio.

Internet se rompió, internet explotó, pero no porque nadie hiciese nada, sino por sí misma, como el Universo, los volcanes o cualquier participante de La Isla de las Tentaciones. La población comenzó a consumir datos no sólo de potencia, sino también de noticias, de conocimiento, a través de la palma de su mano; los periódicos, antes aposentados en sus tronos con SuperGlue, se vieron jugando a un deporte del que desconocían las normas, en el que entraba todo el mundo y, sobre todo, en el que nadie quería pagar un duro. Ya no había árbitro que marcara la distancia entre la verdad, la verdad, y la otra verdad, porque hay tantas verdades como individuos en el sistema solar. El Periodismo, me contaron a mí, es el cuarto poder: aquél que critica las acciones de los otros tres, de los jueces, el gobierno y la policía. Es el poder del pueblo, el filtro de lo que importa y lo que no, y la linterna que apunta a los rincones más sucios para poder limpiar a fondo las casas más llenas. En ese momento, como Tom Hanks, se perdió en el océano de la world wide web.

La red sin ley

Una década más tarde (en serio, a no ser que tengas 10 años, una década es poco tiempo) la narrativa de lo que ocurre es el Far West al estilo steampunk de Will Smith, solo que más tragicómico, como protagonizado por Mario Casas. Todo vale; hay gente buena, hay tiros, hay ladrones, hay arañas de vapor (esto quizá no). Es una ciudad sin ley, un campo en el que es muy difícil separar el grano de la paja. Ivanka Trump lo contaba mejor que nadie: If someone perceives something to be true, it is more important than if it is in fact true” en su libro The Trump Card. Es decir, en el mundo informativo actual, o, yendo un poco más allá, en el mundo actual, al no haber filtros, lo que es crucial es la percepción de la verdad, no el mero hecho de que algo sea verdad o no. El maquillaje, el envoltorio, la forma en la que lo cuentas y la cantidad de atractivo que le pongas es más importante, porque eso causará una percepción, cercana o no a lo que intenta contar, y, aquí llega el giro de guión hacia el cuento de terror Orwelliano, causará una emoción. Hemos transitado de la era de la razón a la era de la opinión/emoción, como si entráramos en un circo romano por despiste, y la razón es mucho más difícil de convencer que la emoción. Definitivamente, los Trump saben de lo que hablan.

Total, que los blogs no fueron tanta revolución como se esperaba, pero las redes sociales, sí. La instantaneidad y la brevedad de los tuits y los posts, amén de la sensación de bata y gorro de papel Albal de Facebook, obligaron al contenido de largo recorrido y lectura sentada a tener que expresarse en 140 caracteres; llamadme poco docta, pero hay temas que ni aunque me tirase un año entero pensando en cómo, no podrían contarse en tan poco espacio. No se puede contar un conflicto bélico en un tuit, no se puede contar el drama de los refugiados, ni el cambio climático, ni la explotación de las minas de cobalto en África. Y como no se compran periódicos ni se paga por la información, tampoco hay muchos periodistas pagados para cubrir estos asuntos en profundidad, por lo que dejan de existir, los asuntos y los profesionales.

El periodismo ha mutado en contenido y el contenido en algo que atufa un poco a contenedor.

Lo relevante no tiene nada que ver con lo de interés público; a la masa le puede interesar un reality show o qué tipo de goma 2 se ha inyectado alguna Kardashian en sus nalgas, pero eso no quiere decir que esa noticia sea relevante. Porque, sorpresa, no lo es. El ruido mediático ahora es ensordecedor y claro que aún quedan reductos en los que un influencer no te quiere vender nada y los libros siguen siendo libros, no apuestas de editoriales”, sin embargo, cuesta escaparse del clickbait, del cebo ancestral, del palo y la zanahoria. Antes todo esto era información. Y campo.


Ane Guerra es Senior Content Writer, Copywriter y Storyteller, profesora en ELISAVA y colaboradora de We Are Shifta.

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